Recordando a Eduardo

El pasado 27 de abril Eduardo Roche Albero fallecía en un accidente de montaña, cuando practicaba esquí de travesía en el macizo d´Ecrins en los Alpes.
Eduardo pertenecía al cuerpo de Bomberos de Zaragoza desde febrero de 1999 y fue voluntario de Bomberos Unidos sin Fronteras desde sus comienzos en Aragón como grupo de intervención en catástrofes.
A él le han querido dedicar unas letras sus compañeros zaragozanos:

BUEN VIAJE EDUARDO. NAMASTE.
Quiero dedicar estas líneas, que son el fruto de mis pensamientos, de mis experiencias y de mis sentimientos, no sólo al recuerdo, sino al presente y al futuro.
Porque creo en el cambio, en la transformación y en la evolución y no creo que nada en esta vida tenga un final.

Eduardo Roche
A mí me gustaba ir al monte con Eduardo, lo pasábamos muy bien.
Con el realicé muchas de las mejores escaladas de mi vida, no solo por la dificultad o el lugar o la vía, sino también por la compañía.
Varias veces, estando en la reunión, yo miraba arriba, al siguiente largo y mi cara palidecía, y entonces él me miraba y decía: “no te preocupes, el siguiente largo ya lo abro yo” y mi cara volvía a coger color.
Esto sucedió tantas veces que, un día nos enfadamos y él me miro muy enfurecido y gritó: “… y ya no pienso volver a abrirte ningún largo mas, que lo sepas”. Menos mal que aquello se le pasó pronto.
Estando en la cresta de Salenques, junto con otros dos compañeros, llegamos a un punto que no sabíamos por dónde era, así que nos dividimos. Yo me fui por la derecha y el resto por la izquierda. Seguí progresando por terreno casi vertical y sin cuerdas hasta que me quedé bloqueado por la dificultad. Ni para arriba, ni para abajo. Entonces, poco a poco, empecé a sentir que allí estaba pero que muy mal; y sentí bastante miedo, mucho miedo. Así que decidí gritar, gritar para que me auxiliaran pues estaba en muy mal sitio. Y así, por encima de la cresta, asomó Eduardo la cabeza y me dijo: “pero tío, que haces ahí?” con un acento muy aragonés. Y le dije: “anda por favor, tirame una cuerda que aquí estoy muy mal”. Y gracias a esa cuerda pude salir.
Ni los compañeros ni él mismo se dieron cuenta que me había salvado la vida. Si hubiera continuado escalando sólo por ahí…
En mi excedencia del cuerpo, una de las cosas a las que me he dedicado, además de a la práctica de la enfermería, es al estudio de la consciencia.
Y ¿qué es la consciencia? Pues es difícil de definir. Nuestro cuerpo es consciencia, pero la consciencia no es nuestro cuerpo. Ni la mente, ni los sentimientos. Aunque también éstos tienen consciencia.
Pero si uno estudia un poco y practica mucho llega a una conclusión. Si este cuerpo físico no soy yo, ¿quién soy yo? Pues yo soy consciencia.
Así pues, el cuerpo físico es una herramienta para el desarrollo de la consciencia. Una herramienta que puede ser bien utilizada o mal, pero es una buena herramienta.
Pero un día, dependiendo de infinidad de variables y causas, nos desprendemos de este cuerpo físico. Pero la conciencia perdura, sigue existiendo, aunque ahora en otro vehículo, un vehículo más sutil, que se puede llamar alma, cuerpo astral, psicosoma… un vehículo de consciencia. Y es ahí donde nuestro amigo Eduardo se encuentra.
Su muerte, tan trágica y traumática, ha supuesto un problema para él, un problema con solución. Su consciencia, que ahora reside en el cuerpo sutil que es el alma, está conmocionada, desorientada, aturdida a causa de la tragedia sucedida.
Está en un estado que es comparable a como yo me sentí en aquella cresta, asustado, bloqueado, con miedo.
Pero allí donde él está, al igual que en un buen hospital, hay buenos médicos y enfermeras y las visitas de los familiares. Allí hay seres, amparadores y familiares, dispuestos a ayudarle y a orientarle para que pueda salir de ese estado de shock y seguir en su evolución.
Y nosotros desde aquí, ¿qué podemos hacer para ayudarle? Al igual que él un día me dió una cuerda que me ayudó, y mucho, yo con esto pretendo lanzarle una cuerda que pueda ayudarle a él ahora, que tanto lo necesita.
El alma, vehículo más sutil de la consciencia, es muy sensible a los pensamientos, a los deseos y a las emociones de la mente física de los seres y familiares que quedan aquí.
De tal manera que si nosotros deseamos tenerle, verle y estar con él, si guardamos todas sus cosas, la fuerza de nuestros deseos, de nuestras emociones, si nos aferramos a él y a su recuerdo, si nos apegamos a él, si no aceptamos su marcha, todo esto puede llegar a confundirle aún más y hacer que su transición sea más dificultosa y más lenta.
La muerte es sólo un cambio, una transformación, una etapa. Un final y un principio. Y nosotros desde aquí podemos ayudarle, no sólo a él sino a todos los seres queridos que se han ido.
Y cómo? Pues con Amor. Pensando en él con Amor, pero no con ese amor que lo desea con nosotros aquí, junto a nosotros, si no con el Amor que da, que ofrece, que libera. Porque el amor es libertad. Y la libertad es paz.
Así pues os pido que cada vez que penséis en él, lo hagáis sintiendo amor, dejándole ir, no queriendo que vuelva sino deseando que su consciencia evolucione para poder seguir el curso natural de las cosas. Así como cuando se iba de viaje le deseábamos buen viaje y buenas experiencias en él. Lo mismo le deseamos en este nuevo viaje. Porque ha comenzado un viaje a un lugar al que nosotros, algún día, iremos a encontrarnos con él. Y allí nos juntaremos, nos abrazaremos y sonreiremos.
En el peor de los casos, suponiendo que yo no tuviera razón y que estuviera equivocado, sentir amor cada vez que pensamos en alguien fallecido nos hará sentir mejor y alimentará nuestra alma. Y en el caso de Eduardo, sentir amor cada vez que pensamos en él no es tan dificil, ¿no? Con su carácter y su buen corazón, nos hacía fácil quererle.
Así pues, como dicen los hindis en Sánscrito: Namaste Eduardo. Que traducido de una manera poética viene a decir: “ahora sé que te has ido hermano, pero nosotros, todos los hombres, somos de la misma esencia y de la misma naturaleza, y, aunque te hayas ido, soy feliz, porque sé que un día nos volveremos a ver”.

Daniel Fernández Ruano

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